miércoles, 15 de septiembre de 2010

El sabor de los adioses (Medellín, Colombia)

El tiempo se ha estirado como siempre lo hace en los recuerdos. Apenas se fueron quienes dejaron allí las pruebas de su estadía y ya la mesa y estos dos vasos se han sumergido en ese aire de nostalgia, que adquieren los objetos abandonados hace mucho tiempo. Sin embargo, sólo han transcurrido unos pocos minutos desde que se silenciaron los sonidos en esta mesa.
Nunca sabremos las circunstancias de la partida, aunque uno se entretenga en sopesar y barajar, entre las múltiples opciones, aquellas que le agreguen contenido a una imagen que se ve todos los días.
Es posible que los dos se hayan ido juntos, inmersos todavía en las conversaciones que empezaron hace tiempo o que por el contrario hubieran abandonado el lugar en el silencio cómodo y sin sorpresas de los viejos amantes.
Tal vez uno se fue inmediatamente después del otro, como si quisieran añadir a su alejamiento un aire de furtiva indiferencia.
Pero no sé porqué esta foto de dos vasos solitarios abandonados sobre una mesa gris me hace pensar en una despedida definitiva, como si las palabras dichas y las que no se pronunciaron hubieran matizado de alguna manera los pocos colores que se alcanzan a ver; como si el frío del metal lo hiciera pensar a uno en la actitud distante con la que esas dos personas expresaron la falta de razones plausibles para seguir viéndose… de manera voluntaria.
Tal vez se deba a la distancia que hay entre los vasos, como si sus dueños no hubieran sentido la necesidad de acercarse un poco y disminuir ese espacio que se extiende entre aquellos que ya no tienen nada que decirse, o al menos nada que no suene a repetición.
Es una imagen que habla de desapasionamiento, esa actitud que invade el alma de los que ya se han entregado a la soledad, de los que se han sumergido en la indiferencia, en la distancia.
Yo creo, siguiendo el argumento de la despedida, que la decisión más difícil para ellos no fue decirse adiós sino reconocer que habían invertido mucho tiempo en una relación que terminaría, sin ellos saberlo, de una forma tan poco emocionante: dos vasos desechables que capturan durante un momento la mirada insípida de los ocupantes de las otras mesas.

1 comentario:

  1. Jaime Alberto Barrientos16 de septiembre de 2010, 11:38

    El adiós de dos vasos desechables, ¡qué buena historia!

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