lunes, 15 de noviembre de 2010

Nada es verdad ni es mentira (Medellín, Colombia)

Cuando uno repasa con los ojos las fachadas de la ciudad, quizá el fenómeno más llamativo, aunque común, es el de la realidad copiada muchas veces en los vidrios de los edificios.
Pero también es factible encontrar imágenes inquietantes alimentando la duda que a veces las ciudades instilan en nuestra mente.
¿Qué es real y qué no lo es en el panorama que vemos pasar a gran velocidad?
Desde hace muchos siglos los artistas aprendieron a engañar los ojos del espectador mediante trucos de diversa índole, desde los cuadros renacentistas donde un personaje parece irrumpir en este lado del universo, hasta los murales que repiten con minuciosidad los detalles de la arquitectura permitiéndole al observador adentrarse en lugares que no existen.
Los ejemplos de esta particular experiencia artística son pocos en la ciudad y no tienen la espectacularidad de las obras que John Pugh ha pintado en Honolulu o Richard Haas en Chicago o New York, sin embargo cumplen la función principal de tergiversar lo que se ve, de hacerle creer al transeúnte que los muros percibidos se abren a otros lugares; o crear en él el deseo de conocer otros espacios apenas sugeridos o vislumbrados a través de ventanas y puertas que no existen.
Nada es verdad o es mentira en las obras del trompe’ loeil y tal vez por eso la mirada casi siempre se queda con la duda.

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