Historia viva (Medellín, Colombia)

Así como la vida junta los destinos de las personas y les hace pasar por experiencias semejantes, de la misma manera hay lugares que comparten una historia similar.
Estas edificaciones que se han vuelto emblemáticas para el sector administrativo de La Alpujarra, fueron construidas en la misma época y juntas vivieron el esplendor de los edificios nuevos, juntos vieron también como sus destinos se dirigían inexorablemente hacia el deterioro y el abandono.
Sin embargo a causa de un cambio en la manera de asumir la historia de la ciudad fueron rescatados. Ahora juntos, han vuelto a ser las dos hermosas construcciones que durante la primera mitad del siglo fueron un hito de gran importancia en la arquitectura de la ciudad.

Interiores (Medellín, Colombia)

Cuando uno camina a paso largo por El Centro apenas mira las fachadas que delimitan los horizontes de la ciudad.
Pero desde algunas terrazas se pueden ver esas superficies interiores, que crean otras atmósferas, tan distintas a los ambientes vistos diariamente, que lo impulsan a uno a prestarles atención porque le hacen pensar que está viendo otra ciudad. Tal vez el elemento permanente sea ese perfil de las montañas que al fondo se cuela en cualquier imagen.

El sueño del papiro (Medellín, Colombia)

Para conquistar el resto del mundo qué antiguas rutas habrá seguido la caravana donde viajaron en grandes o pequeñas ánforas, tal vez a escondidas, las semillas del papiro que desde siempre ha crecido a orillas del famoso río egipcio.
Seguramente la primera ruta que siguieron las semillas, partía de Egipto hacia Grecia desafiando los peligros marítimos que al parecer asolaban el Mediterráneo en la época de los trirremes, y de allí lentamente durante siglos al resto de la cálida Europa, o sea la del sur.
Debe ser una de esas historias que nadie conoce, saber cómo esta planta dio el salto sobre el Atlántico, para de pronto encontrarse en este valle constreñido por montañas que en nada se parece al valle del Nilo donde el horizonte sólo se ve interrumpido por las construcciones humanas.
En este valle esas plantas herederas de las que crecieron y se mecieron bañadas por la corriente lenta del Nilo, se dejan acariciar por otro sol, pero tal vez soñarán con el sonido adormecedor de las aguas que se desplazan perezosamente o a los tropezones en otro lugar del planeta, en otro tiempo de la historia.

Entre las hojas y el viento (Medellín, Colombia)

En el fondo, el edificio de Plaza Mayor sirve de contraste a esta planta abierta como un abanico para airear un ambiente no muy caluroso, aunque de todas maneras se refresca con la sola presencia de sus hojas de intenso color verde.
A su vista se rememoran durante un momento antiguos atavismos: de cuando el hombre se entregaba al placer del viento empujando plantas y palmeras en los viejos oasis, donde el sonido seco de las hojas debió competir con el canto milenario de las dunas, arrastrándose unas sobre otras para dar un aspecto siempre nuevo y diferente al paisaje.
En este lugar el viento apenas si logra estremecer a los árboles y las plantas, pero sin embargo la sabiduría de la naturaleza, comunica de alguna manera al observador sensaciones que no por arcaicas permanecen completamente olvidadas.
Al fondo la silueta del edificio parece adquirir significación sólo en la medida en que su color uniforme contrasta con la inmensa variedad de verdes.

Parque Berrío (Medellín, Colombia)

En el sitio más emblemático de la ciudad, el hombre que le da nombre al lugar observa el desfile la historia. Dándole la espalda al viejo edificio de la Bolsa, Pedro Justo Berrío atestigua el paso del tiempo y los cambios radicales que ha sufrido la pequeña Villa que él conoció.
Los árboles, escasos, ya no son los mismos; la gente ha variado bastante sus costumbres, aunque en realidad la humanidad cambia poco, sólo se altera su apariencia.
Las mismas pasiones que movían a la gente hace más de cien años, deben seguir impulsando las acciones de sus descendientes.

A escondidas (Medellín, Colombia)

Para la imaginación infantil cualquier lugar sirve para recrear otros espacios donde es posible sustraerse a la vista de los demás y repetir la emoción de desaparecer en otro mundo.
Un lugar cualquiera se puede convertir en un desierto o en oasis o playa tropical dependiendo de los lugares imaginarios que pueda tener en la mente o de los lugares atávicos que lleva cualquier ser humano en su interior.
Lo cierto es que la gente, como los niños, puede inventarse tantos sitios y situaciones para vivir otras realidades, como su deseo lo permita. Tal vez esa sea la esencia de la literatura donde los espacios imaginarios se vuelven tan reales como las palabras que los describen.

La música es así (Medellín, Colombia)

En esta ciudad, donde todavía quedan vestigios de la vieja Villa, aparecen por ahí en una plaza o en un banco algunos de esos cantores que ha conocido la humanidad desde antes de aprender a tener memoria.
Tal vez sean ellos los encargados de mantener viva la verdadera música, aunque sus instrumentos desafinen y sus voces cascadas hayan perdido la sonoridad de antaño.
La música es así, encuentra las vías aparentemente más peregrinas para manifestarse. A veces la gente alrededor finge indiferencia, pero el sonido los invade y de pronto alguien se siente obligado a echar un vistazo para comprobar que no es un mundo irreal el que percibe su oído.

La belleza de lo simple (Medellín, Colombia)

La belleza simple de estas flores amarillas, así como la profusión con la que aparecen en los campos, le hace olvidar a uno todas las propiedades terapéuticas y hasta culinarias que desde siempre se le han asignado al diente de león, una planta de diseño sencillo que siempre causa impacto, tal vez por el fuerte contraste entre el color de sus flores y el verde intenso de las hojas que les sirven de fondo.

Rosa, rosa (Medellín, Colombia)

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Cada flor que se abre a la luz repite el milagro de la naturaleza. Sin más razón que la supervivencia, quizá lo único importante, las flores entregan sus colores y fragancias y de esa manera se ubican en el escenario de la vida como uno de los productos más bellos, además de inquietantes si es que uno quiere desvelar su arquitectura o la funcionalidad de sus formas y colores.
Cada vez que se abre un capullo, la rosa declara su libertad de abrirse sin explicaciones, ni siquiera se pregunta si es observada y admirada o si ha dejado atónito a alguien con su apariencia.
De todas maneras esta imagen lleva a repetir otra vez con el poeta: la rosa sin porqué, florece porque florece.

La carta (Medellín, Colombia)

Acaso existe un lugar mejor para leer una carta.
Las palabras, susurradas apenas, se dejan acompañar por el murmullo de las hojas al vibrar unas con otras sobre la cabeza de la lectora.
En este momento no existe otro mundo que el descrito por esa hoja de papel que, contrariamente a las costumbres de la época, no utiliza el espacio virtual para desplazarse.
Quizá una flor anaranjada cae con estrépito cerca de ella y apenas logra que levante la mirada.
¿De donde podrá venir esa carta y de qué medios se habrá valido para llegar hasta las manos de esta muchacha, que absorta se sumerge en algún pueblo, o ciudad o incluso algún país lejano, tan exótico para nosotros como podría ser esta imagen para algún habitante de las antípodas? Sólo ella lo sabe, y es mejor que nunca lo averigüemos, así nos podemos entregar a cualquier tipo de elucubraciones, todas posibles.

Tonos de feria (Medellín, Colombia)

Por estos días, cuando la gente se prepara para intervenir en la feria de las flores, los tonos de la naturaleza se perciben más intensos, como si la mirada de muchos de los habitantes de esta ciudad adquiriera una sensibilidad especial para descubrir nuevas formas y tonalidades en las flores que nos rodean durante todo el año.
A veces son las especies nativas que se han visto en la ciudad desde que la gente tiene memoria y a veces son esas flores de color y forma exótica que apenas hace algunos años empezaron a dejar los bosques y las selvas del país, para invadir los jardines citadinos.
De cualquier manera, esta pasión por las flores hace de esta ciudad un lugar digno de verse y de visitarse, por supuesto.

El patio de los pájaros (Medellín, Colombia)

Hay en las ciudades lugares públicos que pasan desapercibidos al observador, tal vez porque no encuentra en ellos una gran escultura o acaso una fuente que refresque la mirada.
Sin embargo, allí suceden constantemente encuentros que parecen de gran importancia para sus protagonistas, aquellos que estiman en lo que vale un sitio donde los árboles, las plantas y las construcciones humanas se combinan para formar el escenario más propicio.
No sabe uno a que juegos o tramas de la vida se entregan estas criaturas pequeñas y nerviosas, pero siguen sucediendo, independientemente de que nos demos cuenta o no.

Zona de calma (Medellín, Colombia)

En esta ciudad hay seres a los que se les ha encargado la tarea de refrescar el ambiente. Casi siempre son árboles como éste, que florece en abundancia con el fin explícito de crear una zona de calma, en un lugar donde todo tipo de vehículos se apiñan cada tanto cuando el semáforo se pone en rojo, para precipitarse después cuando cambia a verde.
Todos aquellos que pasan por allí ignoran la gran valla que les anuncia en letras blancas sobre fondo verde que sobre sus cabezas es posible entrar, así sea nada más con la mirada y durante treinta segundos, en un lugar calmado como esos descritos por aquellos que hablan de meditación. Quién sabe, es posible que en esos cuantos segundos uno pueda pasar a otra dimensión de la realidad y abstraerse de la urgencia que le inocula el tráfico desesperado de una ciudad.

Perdidos en el paraíso (Medellín, Colombia)

Por entre la ramazón de unos árboles se dejan ver unas figuras de bronce que se esconden o aparecen a su antojo, dependiendo del interés con que el ojo del observador se pose en ellas.
A veces se convierten en imágenes de recuerdo para las cámaras de los turistas. Pero en otras ocasiones se integran tan bien con la vegetación que hasta quienes las ven todos los días se imaginan que están en otro lugar.
Como este Adán que se mantiene estático mientras la naturaleza parece crecer a su alrededor, y el ruido de la gente que visita la pequeña plaza calca los sonidos de la selva con gritos como las llamadas de los pájaros y hasta con rugidos que en nada difieren de los que lanzan al viento los leones o los tigres en la espesura.

Los colores de la bandera (Medellín, Colombia)

Las banderas (la de Colombia y la de Antioquia) a las que el viento se ha negado por el momento a agitar y desplegar, añaden sin embargo el color que le falta a la arquitectura futurista de este edificio.
Concreto y acero se combinan para darle ese aspecto de lugar perdido en el futuro, pero cuando la atención se centra en los colores el observador vuelve al presente.
Para muchas personas las banderas tienen una gran carga de emotividad, son la declaración explícita de la pertenencia a un lugar determinado de la tierra.
Por eso, además del contraste evidente entre la frialdad de las superficies que rodean estos símbolos, resalta con fuerza la referencia a la patria que en mayor o menor medida mueve a cada ser humano.

Simplicidad (Medellín, Colombia)

Una mínima silueta rompe con el regular perfil de los listones que cubren esta fachada. Un hecho que se repite constantemente en los distintos espacios citadinos.
Es como si en las ciudades los pájaros y aves de todo tipo tuvieran el propósito de enriquecer con su presencia las arquitecturas antiguas o modernas que las conforman.
Siempre están ellas quebrando las formas rectas que invaden el diseño actual o continuando las sinuosidades de la línea que el diseño antiguo utilizaba.
De todas maneras la fauna siempre añade ese toque de vitalidad a tantos ángulos y superficies que de otra manera se verían como áreas desprovistas de vida e interés.
Una simple tórtola cambia el aspecto de todo un edificio.

La seducción del plástico (Medellín, Colombia)

Apilados al azar un montón de símbolos de la cultura pop infantil cuelgan en un desorden escandaloso llamando la atención, interesada o no, de quienes pasan por allí.
En una ciudad que históricamente se ha dedicado al comercio, a nadie le extraña encontrarse con este tipo de ventas callejeras donde la profusión de colores hace las veces de estrategia publicitaria. Con sus matices artificiales estos objetos compiten en este parque con la naturaleza que, aunque no lo parezca, contribuye con su aparente aspecto monocromático a resaltar el variopinto colorido del plástico.

El color de la ciudad (Medellín, Colombia)

Apareció de nuevo el sol bañando la ciudad y los colores que, durante la temporada de lluvias habían permanecido en una como hibernación, se revitalizan y devuelven la luz transformada en el colorido al que estamos acostumbrados los habitantes de la Bella Villa, desde sus comienzos hace más de trescientos años.
Al parecer siempre ha sido la vocación de esta ciudad entregarse apasionadamente a todas las gamas de la naturaleza que para fortuna nuestra se presenta profusamente en calles, balcones, parques y en cuanto lugar se pueda sembrar una planta.
Hasta se olvida el calor sofocante que arropa la ciudad cuando “Jaramillo” brilla en el cielo sin obstáculos y a través de una atmósfera tan transparente que le hace a uno figurarse cómo pudo ser en esas épocas donde bosques y marjales cubrían gran parte de lo que es ahora la gran urbe.

Un cielo de verano (Medellín, Colombia)

A veces sólo basta mirar hacia arriba para ver un árbol, de esos que han escapado al hacha criminal que por temporadas se desplaza por la ciudad, intentando combinar sus miles de verdes con los azules del cielo.
Aunque el cielo visto así, a través de un vidrio, le hace pensar a uno que podría no ser más que un color pintado para engañar pequeñas plantas, para convencerlas de que afuera el tiempo es el ideal para su desarrollo.
Pero el calor que hacía esta tarde en la ciudad no tenía nada de ficticio, era uno de esos calores de trópico con tendencia a convertirse en agobiante, como esos que describen los exploradores de selvas o bosques donde los retazos de azul o de gris son tan escasos, que quienes se mueven a ras del piso tienen que recurrir a la imaginación o a los sueños para no olvidarse del cielo.
Afortunadamente los que vivimos en esta ciudad sólo tenemos que levantar la cabeza para ver árboles combinando sus colores con el azul, que siempre da la impresión de ser infinito.

Bronce y acero (Medellín, Colombia)

Acariciada por el sol de la tarde una escultura se proyecta hacia el cielo del Centro de la ciudad, mientras los metales parecen perder consistencia gracias a las formas que les dio el escultor, al imitar con sus manos el momento de la creación.
Dependiendo del ángulo desde donde se la mire, esta escultura puede convertirse en una mezcla de volúmenes diferentes donde apenas se adivinan siluetas reconocibles, como debió ser la materia cuando empezaba a volverse sólida.
Las palmeras y los árboles se estiran y retuercen para impedir que la mezcla de bronce y acero se escape, se eleve y desaparezca en el cielo. Hasta ahora lo han conseguido, y con cada día que pasa la escultura se ve atrapada más y más por la vegetación que crece a su lado.

La solidez de la luz (Medellín, Colombia)

La luz que entra por una ventana abierta al exterior parece solidificarse, convertida en la fluidez de la tela que aunque flexible y suave, nunca llegará a igualar la espectacularidad con que la luz deja su impronta donde quiera que aparece.
En un lugar excavado en la tierra no deja de sorprender la aparición de estos cortinajes que capturan la luz, convirtiéndola en ese intenso color amarillo tan querido por los emperadores chinos, quizá porque les recordaba el oro o tal vez porque pensaban que de todos los colores era el más luminoso.
Pero no sólo despiertan interés el color y los largos telones que descienden desde la altura, están también los tragaluces por donde se deja ver un cielo tan pálido que uno apenas lo percibe. Aunque su diseño es novedoso, casi toda la atención de la mirada se la roban los lienzos y su color donde la luz adquiere mayor intensidad.

Entre el amor y la magia (Medellín, Colombia)

Esta imagen lo empuja a uno a sospechar que ha interrumpido un ballet interpretado por flores, que parecen mariposas, haciendo el papel de cisnes.
Sólo falta la música de Tchaikovski para asegurar que se está en presencia de una peculiar representación, dedicada a los seres que pueblan los bosques en los cuentos de hadas.
En cualquier momento las flores empezarán a moverse de nuevo, imitando a los cisnes encantados por el malvado mago Rothbart que esta vez aparece en medio de las aves, disfrazado de escarabajo, para impedir que la hermosa Oddette reciba el juramento amoroso de Sigfrido, el príncipe, y ella pueda recuperar su forma humana.
Una vez más se confunde uno sin saber quién imita a quién, si el arte a la naturaleza o ésta al arte.
Aunque dilucidar esta incógnita no tiene relevancia si es posible contemplar un resultado como éste.

Donde viven los sabios (Medellín, Colombia)

Pocas veces uno se encuentra lugares como éste donde sólo con subir unos cuantos peldaños, excavados en un barranco, se penetra en una atmósfera que mueve a la reflexión.
En el Ramayana, una de esas epopeyas indias donde los bosques son frecuentados por todo tipo de criaturas, diabólicas y benéficas, se dice que el bosque es el lugar donde habitan los sabios.
Y es que desde la antigüedad y en muchas civilizaciones se ha identificado el equilibrio que se percibe entre todos los seres que pueblan la espesura, con esa actitud mental donde las pasiones y las emociones humanas se nivelan de tal manera que es posible emprender el camino de la sabiduría.

Una foto para el duende (Medellín, Colombia)

Aunque las criaturas que suelen frecuentar los bosques son reacias a dejarse ver por ojos humanos, según cuentas las leyendas, en este parque cercano a la ciudad no es extraño encontrarse con un duende deambulando tan tranquilo como si nadie lo observara. Es más, son capaces hasta de atravesársele a los visitantes y juguetear con ellos, a su manera claro está.
Este duendecillo que usa sombrilla o paraguas según el caso y que se dedica a retozar con la gente que pasa por allí, parece no darse cuenta del interés que despierta en los inveterados tomadores de fotos.
Tal vez en ese momento se haya detenido a escuchar el bosque y a interpretar los sonidos que le trae el aire transparente, permitiendo por un instante, el que dura apretar el obturador de la cámara, capturar su imagen perturbadora.

Bajo tierra (Medellín, Colombia)

Bajo tierra, en un auditorio de concreto, cuatro muchachos se entregan a la fascinación de la música de cámara y hasta salen de sus instrumentos las notas de un bambuco alegre y cantarín.
Desde este auditorio sui géneris, enterrado en una pequeña colina, se escapa la música hacia el bosque que la rodea. Aunque en realidad no llega muy lejos, el ritmo propio que tienen las espesuras se traga las notas.
Pero aquí en este lugar, de diseño impecable, uno siente que puede alcanzar ese estado de la mente tan necesario para permitirle a la música que toque nuestro espíritu.

Medellín en blanco y negro