Echeverri con Girardot
La realidad de Medellín va más allá de la imagen oficial. Queremos mostrar el rostro de una ciudad que parece cambiar cada día. Aunque la arquitectura permaneciera inalterada, la atmósfera, la naturaleza y la gente influirían en su aspecto de manera constante.
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Mirar al cielo (Medellín, Colombia)
Pocas veces se nos ocurre mirar al cielo cuando
recorremos El Centro. No es fácil abstraerse del ruido, de la gente que camina
apresuradamente, del smog, en fin de todo lo que caracteriza una ciudad. Aunque
a esta le faltan los rascacielos que dibujan el perfil de las metrópolis, no
adolece de las multitudes que recorren con prisa las calles como si de verdad
tuvieran un destino definido, arrastrando cualquier obstáculo.
Pero
mirar al cielo, aunque para algunos pueda significar mirar al vacío y sobre
todo cuando el azul profundo -tan característico de este valle- no está
alterado por el smog o por las nubes que se apoderan de todo el espacio, a
veces trae sorpresas como ésta: un avión solitario, silencioso, que se desplaza
subrepticiamente. Ignorado por todos menos por quienes abandonan o regresan en él
a la ciudad que, donde vayan, siempre está con ellos.
Una pared vieja (Medellín, Colombia)
Entre tanto concreto y adobe surgen de vez en
cuando los vestigios de la ciudad vieja, historiada. Paredones de tapia que marcaron
otros ámbitos, diseñados para otros habitantes con necesidades distintas a las
nuestras son descubiertos a veces por los observadores consuetudinarios del
lugar donde viven.
Hoy esas paredes son mancilladas como tantas
otras en la ciudad por el trazo furtivo de las consignas y toda clase de manifestaciones
infligidas por seres anónimos que quieren dejar constancia de su paso. Pero la
indiferencia de los transeúntes les niega hasta ese reconocimiento.
Las paredes
continuarán imperturbables por mucho tiempo, separando lugares y marcando
rumbos. Las marcas que les deja el tiempo no las afecta, más bien las
ennoblece.
Soledad en el claustro (Medellín, Colombia)
A
unos cuantos metros de las congestiones que se producen en la calles Ayacucho y
Pichincha o en la carrera Girardot, el visitante despreocupado puede
encontrarse con un lugar tan apacible como éste y sentirse transportado de
inmediato a un ambiente similar al de los monasterios donde la meditación y la
tranquilidad dan la pauta para medir el tiempo.
La
gente que pasa por los corredores aledaños, no mira siquiera este rincón; van
tan inmersos pensando en todas esas gestiones institucionales que les impone la
vida citadina, que apenas si reconocen el camino por donde se desplazan. Pero entre
todos los atractivos que tiene la ciudad este es uno de los que vale la pena visitar,
para entregarse a la lectura, la meditación o para tener una buena conversación sin la amenaza
omnipresente del ruido.
Cruce de la carrera Girardot con la calle Ayacucho (Medellín, Colombia)
Quien recorra la carrera Girardot, desde La
Avenida Argentina hasta la calle Pichincha al menos, la sorpresa no lo
abandonará (si observa con cuidado) pues la arquitectura va desde edificios de apartamentos
sin ninguna relevancia arquitectónica hasta fachadas de tiempos idos; como estas
donde se aprecia parte del Paraninfo de la Universidad de Antioquia y el lado
oriental de una de las sedes de la Caja de Compensación Comfama: el Claustro
(además de una punta del Instituto Confucio que funciona en el antiguo edificio de la
Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia).
Y es que una de las características que
enriquecen, sin proponérselo tal vez, a nuestras ciudades americanas es el eclecticismo
en la combinación de sus construcciones.
Cuando se ha decidido conservar estos edificios para
la memoria colectiva de sus habitantes, se ve con claridad cuáles han sido sus
intereses y gustos a lo largo de la historia.
Una fachada en la carrera Girardot (Medellín, Colombia)
Una hermosa fachada, construida en la época en
que este sector de la ciudad era habitado por esas familias numerosas, tan características
de esta zona del país, da paso, en la actualidad, a una serie de edificios donde
ni la estética ni la comodidad tienen cabida. Son sólo una sumatoria de salones
dedicados a albergar estudiantes durante todo el día y parte de la noche. Es como
si ningún arquitecto se hubiera tomado la tarea de distribuir el espacio
interior que la vista de esta construcción promete.
Parece como si se hubiese querido, de alguna
manera, negar las horas que debió pasar sobre la mesa de dibujo el creador del
edificio original para lograr una edificación sobria y elegante.
La delicada factura de los maestros albañiles
que todavía se puede apreciar incluso en el revoque de las paredes exteriores y
en la calidad de los arcos de puertas y ventanas brilla por su ausencia, una
vez que el visitante interesado franquea los portones de este lugar.
Pero al menos hay que agradecer a quienes tomaron
la decisión de no demoler esta muestra de lo que fuera en otros tiempos la cara
de la ciudad y mantener de cierta forma el ambiente que reina en los alrededores
de la Plazuela San Ignacio.
El hombre de amarillo (Medellín, Colombia)
Al fondo las líneas sobrias del Edificio Coltejer recuerdan otro tiempo donde hasta la arquitectura estaba en sintonía con las palpitaciones pausadas de la ciudad.
Pero aquí, como en cualquier urbe colombiana, el color ha invadido las calles y se ha pegado a las paredes de manera definitiva, al parecer, como si quisiera reflejar la intensidad de la mayoría de los colombianos en su forma de asumir la vida.
Los tonos vivos de una sombrilla se juntan a las llamadas estentóreas de un vendedor invisible que conmina a la gente a acercarse a su camión y comprar esas frutas tropicales que aquí se ven por todas partes.
Una ciudad como esta se agita al pulso acelerado de sus habitantes y los colores vibran como si quisieran unirse a su ritmo frenético.
Pocos permanecen serenos; tal vez el único que no siente apremio es el hombre de amarillo que aconseja prudencia pero a quien nadie hace caso. Aparece y desaparece en las esquinas, pero su vestido y su calma lo hacen imperceptible a las miradas ansiosas de los transeúntes.
Ahí están... viendo pasar el tiempo (Medellín, Colombia)

Esta torre y estas montañas han visto pasar la vida de la ciudad sin inmutarse, aunque las construcciones en las laderas hayan comenzado, desde hace mucho tiempo, a teñir de ocre las superficies que otrora fueran el dominio, indiscutido, de los verdes intensos de la vegetación.
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