Viviendo el color (Medellín, Colombia)

Nunca sobra un toque de color en la arquitectura de las ciudades modernas que casi siempre tienden a la monotonía. Sobre todo esos edificios de apartamentos que pululan últimamente en algunos barrios de la ciudad y donde sólo se enfatiza en la funcionalidad del espacio.
Una imagen como ésta le hace pensar a uno en esas construcciones que levantan los niños con todo tipo de materiales, resultando a veces propuestas verdaderamente interesantes.
Aquí el color rojo, el ocre y el gris se combinaron sabiamente para conformar un diseño simple e impactante.
Otra vez las edificaciones que vemos todos los días, o casi siempre, nos dan la sorpresa cuando los miramos como objetos de diseño y no como soluciones de vivienda, nada más.

La ciudad reflejada (Medellín, Colombia)

La ciudad se copia a sí misma en este ojo de agua artificial y en las fotografías adheridas al muro. Fotografías que se abren como ventanas en lugares específicos y donde han quedado plasmadas, a través del objetivo, unas imágenes parciales de la ciudad.
A las personas que caminaban al lado de esta pared los ojos se les iban hacia las fotos, tratando de identificar los lugares retratados, pero no se daban cuenta de que ellas mismas eran reproducidas con fidelidad casi absoluta en la superficie del agua que apenas se rizaba un poco, como para no engañar del todo al ojo que de pronto estuviera observando sus maniobras.
Uno no sabe adónde van esas imágenes que se roban los espejos de agua o tal vez no van a ninguna parte, quizá se queden en la superficie como la mayoría de las acciones que se ejecutan sin pensar en ellas. Como las palabras que se pronuncian mecánicamente o las acciones cotidianas que el cuerpo realiza sin el concurso de la voluntad. O como esas fotografías que encasillan las ciudades convirtiéndolas en panoramas huecos que no dicen nada.

La magia de la repetición (Medellín, Colombia)

En uno de esos jardines públicos de la ciudad unas pencas repiten sus formas hasta el infinito según parece y su bien organizada presentación evoca un desfile.
Uno cree que de pronto va a comenzar la música que escribió Paul Dukas para el aprendiz de brujo, dándoles la entrada para la marcha. Como si de pronto la naturaleza, sin mediar ceremonias, les diera permiso a estas plantas para llevar a cabo un recorrido hacia ninguna parte, que es hacia donde se dirigen en un principio quienes nunca han caminado.
Lo harían siempre en la misma dirección como esos bancos de peces que muestran en los documentales marinos, girando con coordinación extrema ante cualquier obstáculo o debido a alguna razón imperceptible para nosotros, simples seres humanos de sentidos atrofiados por la manía de pensar.
En realidad estas pencas que nunca se han desplazado del lugar donde fueron plantadas y no han pensado hacerlo, al menos en el inmediato futuro, lo único que mueven es la imaginación de algún observador desocupado.
Aunque... pensándolo bien quién nos puede asegurar que no lo han hecho de una manera tan sutil o en momentos tan desusados que no hay testigos que las delaten. Nadie sabe… nadie sabe…

Calle abajo (Medellín, Colombia)

Esas calles que se pegan a las lomas con dificultad, que se pierden en una curva o bajo los árboles han sido trasegadas infinidad de veces y son como el agua que fluye y corre irregularmente por entre las casas.
Por una de esas calles dos amigos se dejan arrastrar por la conversación y por la inercia del movimiento que impulsa sus cuerpos hacia abajo, entregados a uno de esos placeres sencillos que todavía perviven en la ciudad: hablar por hablar o para dilucidar cualquier idea o simplemente para escuchar la propia voz y saberse vivo y acompañado.
Aunque no siempre son las palabras las que importan, también el silencio tiene su papel, siendo a veces mucho más valioso que el sonido.
Al fondo las montañas, como el perpetuo telón de todo cuanto pasa en la ciudad, esperan el día que ojalá esté lejano o nunca llegue, en que su propia superficie estará atravesada también por el asfalto, que en ocasiones recuerda vívidamente la forma y la textura de las cicatrices.

Prohibiciones (Medellín, Colombia)

Las ciudades, que históricamente han dado cobijo a todos los ensayos y a todos los soñadores, que se abren gozosas a todo lo nuevo y a todas las posibilidades de la civilización, se dejan llevar también por el prurito de la norma.
Cientos de avisos les dicen a sus habitantes qué hacer y cómo vivir, llegando a veces a los extremos.
Este vagón que recorrió las carrileras de Antioquia llevando y trayendo sueños, terminó anclado en un rincón donde hasta se le prohíbe soñar con el viento y con la lluvia que azotaba sus ventanas, mientras que las miradas ansiosas de los pasajeros se bebían el panorama en cada viaje. Tal vez sus paredes todavía estén impregnadas con las esperanzas de los afortunados que viajaron en su interior.
Ahora que se ha detenido para siempre, nadie puede viajar en él, como si para viajar hubiera que moverse en el espacio, como si para viajar uno necesitara desplazarse de un lugar a otro. Tal vez los que se apropiaron de este vagón no saben que para la imaginación no hay lugares prohibidos para viajar y que ésta no reconoce exclusiones de ningún género.

Una flor inquietante (Medellín, Colombia)

La apariencia de esta flor no sugiere delicadeza como casi siempre sucede con las flores que se ven en la ciudad o en cualquier otro lugar.
Es más, la primera impresión que uno tiene es que debe ser una de esas flores carnívoras de las que aparecen en la ciencia ficción.
Será tal vez porque cuando uno la mira no deja de encontrarle un parecido inquietante con Audrey Jr., la planta carnívora de La pequeña tienda de los horrores, esa película donde una planta obliga al protagonista a conseguirle comida constantemente (seres humanos) y que crece en forma tan desmesurada que termina por devorarlo también a él.
Hasta cree uno que en cualquier momento va a escuchar el susurro exigente de la planta: feed me, feed me…
Afortunadamente para nosotros esta flor no es gigantesca ni tampoco carnívora, apenas es otra de las manifestaciones vegetales de la naturaleza tropical que al parecer tiene tanta imaginación para combinar formas y colores como los mismos seres humanos.

Un balcón en La Oriental (Medellín, Colombia)

Un lugar desde donde se puede ver pasar la vida acelerada de esta ciudad. Ver como los carros y la gente se dirigen con prisa hacia destinos desconocidos, ajenos a la imagen que adquieren las cosas después de un aguacero. Acaba de pasar y todavía el pavimento tiene este tono gris brillante como si la superficie hubiera sido barnizada. Pero nadie se fija en ello.
Desde este balcón, a esta hora, hasta el fárrago de la avenida adquiere cierta calidad de fenómeno atractivo, como si por un momento el vidrio y las gotas de agua, que no quieren evaporarse, nos hubieran convertido en turistas de nuestro propio entorno.
Ese vidrio húmedo parece que nos hubiera provisto de la distancia tan necesaria, casi siempre, para contemplar la realidad que nos rodea con un poco de objetividad, con menos apasionamiento.

Reflejos (Medellín, Colombia)

Mientras me dejaba llevar por la tranquilidad de este lugar salieron de repente a la superficie las tortugas, sin preámbulos ni alharacas como siempre; con curiosidad tal vez o sencillamente a tomar algo del sol de la mañana.
Este lago, que al decir de los que lo conocieron en el pasado, era mucho más grande, alberga ahora una fauna limitada: unos cuantos peces, las tortugas y los patos que al parecer no permanecen mucho tiempo en él, pues se la pasan atosigando a los turistas y a los paseantes desprevenidos.
Los reflejos de la vegetación, que le dan ese aire de lugar sereno y apacible, se ven removidos de vez en cuando por el nado suave de los peces y los brillos que la caparazón de las tortugas le arranca al sol.
A veces parecen reliquias de piedra, arrojadas allí por hombres de tribus ya desaparecidas pero que continuarían existiendo a través de sus creencias.
Sin embargo los ídolos se mueven y lo hacen al compás de ese reloj lento y milenario que rige sus vidas, tan distinto al que rige las nuestras, de ritmo acelerado.
No son figuras pétreas abandonadas en el agua, son seres vivos cuyas existencias alteran, aunque sea imperceptiblemente, los reflejos de la superficie.

Volvió el azul (Medellín, Colombia)

Después de varias semanas de lluvias volvió a verse azul el cielo.
Se deslizó hasta por entre los edificios para recordarnos que ahí estaba el sol de nuevo.
Aunque tratamos de convencernos a veces de que este azul es eterno, las nubes se resienten del amor que esta ciudad le tiene al sol y se deslizan por el cielo, de manera violenta en ocasiones, y le hacen creer a uno que nunca desaparecerán.
Sin embargo la lluvia pertinaz que golpea con fuerza, con la levedad de una pluma o con la insistencia de un alfiler se encarga de lavar la atmósfera y cuando desaparece, es como si todas las cosas hubiesen renovado sus colores, como este azul, tan prístino que parece el primer azul que contempló la tierra.
Nunca se sabe cuándo volverán las nubes bajas y opresivas, lo que sí es cierto es que con cualquier luz, esta ciudad no deja nunca de sorprender al observador.

Composición y diseño (Medellín, Colombia)

La naturaleza se solaza con facilidad en los juegos de formas y colores. Sobre todo las plantas.
Para los seres humanos en cambio llegar a dominar esta habilidad requiere de largos estudios de diseño o de pintura. Aprender a determinar las relaciones más convenientes entre el volumen, las texturas y el color no es nada fácil.
La naturaleza que tiene una experiencia medible en millones de años, ya conoce todos los trucos para hacer que las plantas que han evolucionado bajo su tutela encuentren siempre las combinaciones más acertadas.
Nosotros, apenas si logramos acercarnos al equilibrio que es capaz de establecerse entre las hojas y las flores de una misma planta; ni que decir de esas maravillosas imágenes que aparecen ante nuestros ojos y que son el producto, de la combinación, de diversas plantas de la misma familia o de especies diferentes y que uno cree formadas al azar.

Lugares imposibles (Medellín, Colombia)

Quizá sea éste uno de esos puertos espaciales que tanto conocemos gracias al cine, uno de esos donde llegan las naves intergalácticas que viajan a velocidades imposibles de imaginar para un mortal común y corriente. O será en realidad un portal que comunica mundos paralelos; o la salida de uno de los gusanos que atraviesan el universo por donde les es permitido a los viajeros adentrarse en los confines del tiempo y el espacio.
Cualquier opción es probable, incluso hasta las que nadie se ha atrevido a imaginar todavía.
Lo cierto es que este edificio que se levanta en una esquina de la ciudad, se deja ver en esta imagen aséptica y futurista como un lugar casi desconectado de su entorno. Tal vez la única posibilidad de conexión con el mundo de todos los días en esta ciudad, y que el ojo descubre de inmediato, sea la silueta de un pequeño buitre que vuela en círculos dejándose llevar hacia las alturas, como siempre, por una corriente de aire cálido.

La tapia se desmorona... (Medellín, Colombia)

El breve techo que cubrió esta tapia ha desaparecido hace mucho y a pesar de ello la humedad y las lluvias apenas han comenzado a socavarla.
Del blanco de la cal que pudo cubrirla en otro tiempo no queda ningún vestigio, como no debe quedar ninguna huella de quienes la construyeron o de quienes habitaron en el interior.
Los árboles que otrora dieron sombra al patio se han adueñado ya de los espacios y aunque la mano del hombre ha tratado de aliviar la presión de los árboles con tajos certeros aquí y allá, por ahora la naturaleza no cede en su empeño de recuperación.
Como siempre el trabajo de desmoronamiento casi imperceptible se le deja a los líquenes y a las enredaderas que son los de apariencia menos conspicua, después vendrán los grandes helechos, los arbustos y por último las raíces de los grandes árboles que se encargarán de que este muro vuelva a formar parte definitiva de la tierra.

La ciudad secreta (Medellín, Colombia)

A quién le fue enviado este mensaje, se pregunta uno en un primer momento cuando ve esta hermosa composición de colores y se da cuenta que en cada cuadro hay una letra.
Pero quizá no sea tan importante saberlo como averiguar las motivaciones que puede tener una persona para comunicarse mediante un elemento público como éste.
Además quién podría garantizar que el mensaje real sea el que se puede leer directamente, quizá esté encriptado como esas comunicaciones que se envían los espías, sólo que no conocemos la clave para descifrarlo, ni siquiera tenemos un indicio de la posible misión a la que alude.
Y es que en las ciudades se generan, de manera constante, una serie de códigos incomprensibles y manejados por grupos tan cerrados que a veces los demás ni se enteran de su existencia.
Aunque no sean sólo esos pequeños grupos los que establecen contactos de manera críptica, son tal vez los que pueden llegar a ser los más creativos en su forma de concebir la comunicación.
Es como si de pronto afloraran, aquí y allá, indicios de las múltiples dimensiones de la ciudad que se superponen sin mezclarse, aunque a veces se manifiesten frente a nuestros ojos de manera trivial o fascinante.

El silencio del ferrocarril (Medellín, Colombia)

En los libros de historia, que describen los ires y venires de este mundo paisa, están consignados los nombres y las aventuras de aquellos que trazaron el que fue uno de los logros más importantes de esta tierra a finales del siglo XIX y principios del XX: el Ferrocarril de Antioquia.
Lo que no nos describen, es cómo se cancelaban los sonidos del bosque al paso traqueteante del tren. Cómo volaban en silencio los pájaros y dejaba de oírse la hojarasca mientras un hombre permanecería inmóvil, entre los árboles, observando fijamente las ventanas, tal vez con la esperanza de ver un rostro conocido.
Aunque desapareció hace tiempo todavía es posible ver, en esta ciudad, algunos vagones dedicados a menesteres tan peregrinos como una cafetería anclada al borde del follaje casi domestico de un jardín botánico.
Y a pesar de todo es posible rememorar, aunque sea con esfuerzo, lo que pudo haber sentido ese hombre que veía pasar por entre la vegetación la figura estruendosa y puntual del tren.
Lo que si no podemos revivir es su canto brusco, pues este vagón, como el ferrocarril, ha enmudecido para siempre.

De fábulas y tafetanes (Medellín, Colombia)

Algunas de las texturas, que de pronto se pueden ver en esos espacios estrechos que la naturaleza ha sido capaz de robarle al cemento y al concreto en esta ciudad, recuerdan esas pinturas del renacimiento donde las telas pesadas y oscuras de los ropajes principescos daban una impresión de mesura, como los retratos de Felipe II y la corte española famosa por su sobriedad extrema o los atuendos de algunos personajes de las escuelas flamencas de la pintura.
Sorprende ver aparecer frente a la mirada desprevenida estas superficies que invitan a la mano a deslizarse por ellas, sintiendo antes de posarse la sensación delicada del terciopelo más fino o del tafetán legendario fabricado en todas aquellas ciudades milenarias de la antigua ruta de la seda.
Para quienes nos imaginamos aquellos tejidos fabulosos que describían con tanto detalle en los cuentos de las mil y una noches, es una tentación acariciar estas hojas y viajar mediante las sensaciones a los países que la literatura nos descubrió y a donde nos sigue transportando.
Como si la naturaleza sirviera de puente entre las diversas culturas y momentos de la historia, de la fantasía y del arte.

Perspectiva simple (Medellín, Colombia)

Con la misma velocidad con la que la mirada se precipita en esta fotografía hacia el abismo, que parece incitar al precipicio, se construyen edificios en la ciudad. Parece como si brotaran del suelo como esos géiseres que a una hora precisa y con la misma intensidad se pueden observar en determinados lugares, dando cuenta de las fuerzas que se mueven al interior de la tierra.
Pero estas construcciones que aparecen cada vez con más y más frecuencia no dan cuenta de alguna fuerza subterránea, más bien son la manifestación de la actividad febril, que acompaña los días y las noches, sobre la superficie de esta ciudad, mientras se acerca peligrosamente a convertirse en otra gran aglomeración de gente y a perder esa dimensión humana de tantas ciudades que todavía no se han dejado seducir por los cantos de sirena del progreso desmesurado.
Ya ninguno de los habitantes de esta ciudad se sorprende cuando ve desaparecer ante sus ojos alguna de esas casas, que sirvieron de referentes a varias generaciones, para ser reemplazadas en cuestión de meses por una de estas colmenas de arquitectura simple y funcionalista.

Una escena doméstica (Medellín, Colombia)

Cualquiera diría, al ver la pose estática de este par de aves, que esperan con ansia la llegada de los otros patos que los siguieron en el recorrido anual de miles de kilómetros para desplazarse desde el lejano norte a un clima más benigno.
Cualquiera pensaría que la fijeza de su mirada refleja las expectativas que las aves migratorias sienten por los miembros rezagados de su bandada, los que se quedaron en el camino con el compromiso de reanudar el vuelo tan pronto les fuera posible.
Pero la realidad es mucho más anodina y simple de lo que uno pudiera esperar: son dos patos que fueron atrapados por la cotidianidad de un parque botánico y pasan sus días entre un pequeño lago y los caminos que recorren diariamente con su andar gracioso acosando a los visitantes. Ejercitan su mirada penetrante para intimidarlos y lograr que les arrojen algunas migajas de sus comidas preparadas industrialmente.
Lo cierto es que no queda nada de salvaje en ellos. Tal vez si alguna vez atraviesan el firmamento de la ciudad algunos patos cosmopolitas, de esos que recorren los cielos de distintos continentes, los convenzan de que es mucho más emocionante la vida incierta de los aventureros que ver desmoronar la existencia en la repetición y la monotonía.

Op art (Medellín, Colombia)

Como si fuera una de las obras del estilo artístico que difundió Vasarely el pintor húngaro, este muro se inscribe en la mejor tradición de la ilusión óptica como forma de arte. Un muro que parece combarse en los extremos debido a la deformación que el objetivo de la cámara hace de la superficie calada por unos adobes hechos de manera inusual.
Es como si el arquitecto hubiera querido trasladar a la forma tridimensional esas maravillosas ilusiones que para el ojo crearon en dos dimensiones Vasarely y sus seguidores.
Pero la ilusión no se queda sólo en la superficie, se integra con el mundo reducido que se alcanza a ver a través de los pequeños espacios entre las piezas de barro.
Como siempre que se entrevé una realidad, la curiosidad nos lleva a adivinar el resto o a inventarlo para calmar la necesidad de saber. Una manera inusual de darle vida a una forma de arte que para muchos pecaba de frio e impersonal.

El pulso de la tierra (Medellín, Colombia)

Entre las muchas teorías que hablan de este planeta se pueden encontrar hasta las que describen a la tierra como un ser vivo.
Hay quienes tratan de escucharla o sentirla o acariciarla de diversas maneras. Como si trataran de encontrar la forma correcta de comunicarse con ella.
Algunos hasta pretenden convertirse en antenas vivas para que la tierra libere a través de sus cuerpos, algo de la energía que sabemos permanece contenida en sus entrañas.
Pero cualquiera que sea la manera que se escoja para comunicarse con la tierra, todas tienen en común el gran respeto que le tienen al planeta además del gran afecto que sienten por él.
No faltan los que deciden cada cierto tiempo interpretar danzas particulares en su honor, como si quisieran apaciguar así la energía que podría liberarse en cualquier momento y destruirnos. Como en esos ritos primitivos donde las personas daban salida a sus convicciones telúricas y arcaicas, esas creencias que hablaban de dragones o minotauros o monstruos devoradores a los que había que aplacar de cualquier manera.
En los tiempos que corren parece que aquellas costumbres han vuelto a la vida y la tierra recibe de nuevo homenajes como este.

El sabor de los adioses (Medellín, Colombia)

El tiempo se ha estirado como siempre lo hace en los recuerdos. Apenas se fueron quienes dejaron allí las pruebas de su estadía y ya la mesa y estos dos vasos se han sumergido en ese aire de nostalgia, que adquieren los objetos abandonados hace mucho tiempo. Sin embargo, sólo han transcurrido unos pocos minutos desde que se silenciaron los sonidos en esta mesa.
Nunca sabremos las circunstancias de la partida, aunque uno se entretenga en sopesar y barajar, entre las múltiples opciones, aquellas que le agreguen contenido a una imagen que se ve todos los días.
Es posible que los dos se hayan ido juntos, inmersos todavía en las conversaciones que empezaron hace tiempo o que por el contrario hubieran abandonado el lugar en el silencio cómodo y sin sorpresas de los viejos amantes.
Tal vez uno se fue inmediatamente después del otro, como si quisieran añadir a su alejamiento un aire de furtiva indiferencia.
Pero no sé porqué esta foto de dos vasos solitarios abandonados sobre una mesa gris me hace pensar en una despedida definitiva, como si las palabras dichas y las que no se pronunciaron hubieran matizado de alguna manera los pocos colores que se alcanzan a ver; como si el frío del metal lo hiciera pensar a uno en la actitud distante con la que esas dos personas expresaron la falta de razones plausibles para seguir viéndose… de manera voluntaria.
Tal vez se deba a la distancia que hay entre los vasos, como si sus dueños no hubieran sentido la necesidad de acercarse un poco y disminuir ese espacio que se extiende entre aquellos que ya no tienen nada que decirse, o al menos nada que no suene a repetición.
Es una imagen que habla de desapasionamiento, esa actitud que invade el alma de los que ya se han entregado a la soledad, de los que se han sumergido en la indiferencia, en la distancia.
Yo creo, siguiendo el argumento de la despedida, que la decisión más difícil para ellos no fue decirse adiós sino reconocer que habían invertido mucho tiempo en una relación que terminaría, sin ellos saberlo, de una forma tan poco emocionante: dos vasos desechables que capturan durante un momento la mirada insípida de los ocupantes de las otras mesas.

The three amigos (Medellín, Colombia)

Por fin, después de una larga semana, llegó el sábado y la hora de empezar a jugar play station para estos tres amigos.
Pasaban rápidamente pero decidieron detenerse un momento para esta fotografía y de esa manera dejar plasmado para la posteridad un instante de su gran amistad.
Llegarían con prisa al lugar adonde las pantallas los esperaban para su sesión de nintendo y se sumergirían en todos los retos que super Mario les iba a presentar.
Aunque eso no explica completamente las sonrisas y el aire de fiesta que parece impregnar sus rostros y envolverlos. Hasta la manera como se paran frente a la cámara habla de su felicidad.
Así se dirigieran los tres a cualquier otra tarea las sonrisas hubieran sido las mismas y sus cuerpos hubieran reflejado la misma intensidad, la misma alegría que parecen contener a duras penas.
Lo que los contenta de esta manera es haber descubierto, sin saber todavía que lo han encontrado, uno de esos tesoros de los que hablan los adultos y que todos los seres humanos buscamos, consciente o inconscientemente, durante toda la vida y para el que se reserva en cualquier idioma una de las palabras más bonitas: amigo.

Barco pirata con helechos (Medellín, Colombia)

Hoy me sorprendí al ver un barco pirata que lentamente ha empezado a ser invadido por los helechos.
Tal vez por eso los barcos de piratas jamás deben detenerse, pensé. Les salen plantas en los costados o cosas tan terribles que uno no se atreve siquiera a nombrar por temor a que se conviertan en realidad.
Será que los felices piratas que se ven sobre la cubierta no se han dado cuenta de lo que le está pasando a su barco o tal vez su alegría se deba al hecho de que ya lo saben y han decidido partir: arrojarse a la quebrada que pasa por allí, desembocar al río Medellín y después a cualquier río más grande hasta llegar al Magdalena o al Cauca y por fin al mar, de donde no debieron haber salido nunca.
Buscaban quizá una vida más tranquila. Pero las vidas tranquilas no garantizan que uno esté a salvo de que le salgan helechos u otra de esas plantas que se aprovechan de los sedentarios.

Una puerta en Boyacá (Medellín, Colombia)

Cuando uno camina por la calle Boyacá, a la altura de la iglesia de la Candelaria, lo hace por necesidad. Pocos habitantes de la ciudad deciden ir a dar un paseo por esta calle que constantemente se atesta o se vacía de personas que van y vienen. Los vendedores que nunca se alejan demasiado tiempo ofrecen todo tipo de pequeñas mercancías y el ruido de sus pregones es casi ensordecedor.
Casi nunca uno gira la cabeza para mirar los paredones de la iglesia que ha estado ahí flanqueando la calle y viendo los cambios de la ciudad durante los últimos doscientos o trescientos años.
La puerta que se abre a un espacio oscuro y fresco la cruzan diariamente cientos de fieles que sacan un rato a su tiempo de preocupaciones para detenerse en la frescura del interior, pero ni siquiera ellos dejan que su atención se la robe la hermosa puerta lateral ni los cambios de color que periódicamente le infringe el sacerdote de turno.
La iglesia está ahí, simplemente, como uno de esos mojones que señalan a los viajeros el recorrido o algún acontecimiento que ya nadie recuerda. Inamovible, al menos durante unos cuantos siglos más la iglesia y su puerta lateral seguirán formando parte de esta calle Boyacá que de tanto en tanto cambia su especialización. Tal vez en unos años, otra vez se puedan encontrar en ella los viejos negocios comerciales de antes o la gente haya decidido que allí no se venderán sino relojes o celulares como en otras calles del Centro, o que los vendedores de películas piratas van a tener un status oficial.
Independientemente de las tareas que se le asignen, esta calle seguirá reflejando, en sus edificios y en la gente que pasa o que cruza la puerta de la iglesia, otra faceta del alma de la ciudad.

La invasión silenciosa (Medellín, Colombia)

Calladamente y a una velocidad imperceptible la naturaleza incansable trata de recuperar el terreno que ha perdido frente al avance humano.
Las casas y las construcciones abandonadas dan cuenta de este proceso. Pero a veces ni siquiera se trata de edificios abandonados los que son presa de esta compulsión por adueñarse de nuevo de aquello arrebatado por el hombre a las demás especies del planeta.
Una enredadera en cuestión de días es capaz de apoderarse de toda una fachada. Desafortunadamente el hombre siempre vigila y muy seguramente esta planta desaparecerá antes de que pueda esconder la transparencia del vidrio entre sus ramajes.
Los insectos no podrán usar este tallo que se estira flexible aferrándose a cualquier resquicio. Los pájaros tampoco podrán hacer sus nidos en esta planta. De un momento a otro la mano del jardinero se encargará de frustrar otro intento de apoderarse de este balcón.
Aunque las plantas nunca cejarán en su intento y volverán a aferrarse lentamente a cualquier grieta o espacio para adueñarse al fin de la Tierra.

¡Qué nube! (Medellín, Colombia)

La espectacularidad de la nube opaca la desmesura del edificio que en el primer plano de la foto pretende robarse todo el protagonismo, sin lograrlo.
La naturaleza siempre se lleva las palmas en eso de asombrarnos con sus creaciones.
Es como ver uno de esos pájaros que recorren los cielos buscando un lugar específico para detenerse. El lugar adonde se dirigen a pasar el verano olvidándose de los rigores del clima y de las preocupaciones que la especie impone. Es como si el cielo quisiera recordarnos esas existencias que corren paralelas a las nuestras y que pocas veces se cruzan con nosotros: las de las aves migratorias para las que la ciudad es sólo un hito en el recorrido de miles de kilómetros al que deben enfrentarse cada año.
Nosotros nos contentamos con mirar la nube e imaginar un gran pájaro para el cual el edificio que pretende ser desmesurado, sólo es una ínfima representación del orgullo humano.

Medellín en blanco y negro